Rugidos de misiles, hambre y soledad en Kramatorsk: «En dos semanas los rusos llegarán hasta aquí»

Rugidos de misiles, hambre y soledad en Kramatorsk: «En dos semanas los rusos llegarán hasta aquí»

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«Hacía un mes que no tomaba mi medicación. Me has salvado la vida». A las afueras de Kramatorsk, la noticia de que los rusos han tomado Lyman, 40 kilómetros al norte, ha llegado hace apenas dos horas. Próximo objetivo: Slavisansk, última salida de Severodonetsk y puerta a Kramatorsk. En medio siguen atrapados cientos de civiles: los que no quieren irse y los que no pueden.

«Tengo Parkinson, estoy sola y si nadie me trae las pastillas, me muero. Me muero». Las manos de Catherine tiemblan mientras las lágrimas caen sobre ellas. En el cielo rugen los misiles y la artillería mientras la sirena no deja de sonar. Al otro lado de la puerta colorean el paisaje los tulipanes y lirios plantados hace unas semanas.

A pocas calles, cerca de la fábrica bombardeada, Liuba y Valentina reciben con alivio un paquete de pañales. Son para Liuba, que no puede levantarse de la cama. El colchón está empapado de orina, el aire es irrespirable. En la mesita de noche, un plato de sopa rancia. En la cocina, una estufa vieja. «Aquí prácticamente no hay comida . Y lo poco que encuentras, cuesta oro. Desde hace semanas falta también el gas».

Bienvenidos al infierno del Donbás. «¿Que por qué me quedo? Porque tengo que cuidar a esta gente». Elena va y viene entre el centro de ayuda y las casas de los vecinos. Quien se fue le dejó las llaves. Los que se han quedado le piden ayuda para conseguir los paquetes de comida.

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«Mira lo que escribí en Facebook». Abre su perfil en el teléfono. Ojos azules, tristes. Dice que tiene diabetes. «Tengo que tratarme con insulina». En un largo post describe las condiciones de las casas de las que se ha convertido en guardiana. «Algunas están destruidas. Otras siguen en pie y trato de mantenerlas vivas, doy de comer a los perros para que no se vuelvan peligrosos. En una de ellas regué las flores para que al menos quede algo».

Pero no sólo hay casas que cuidar. Un niño pequeño en bicicleta pasa por el camino. «Es hijo de un amigo mío, no quería irse con su madre. Y ahora le echo un ojo…». No ha terminado la frase y otro rugido sacude el suelo. Bajamos con ella a su refugio. «Lo preparé por si acaso», dice con orgullo. Luego se vuelve hacia una silla. «Le hicimos un agujero y le pusimos un balde debajo. Así que también tenemos baño. Y estamos dispuestos a quedarnos aquí aunque sea un mes, si es necesario».

En el centro, en la estación, la misma donde murieron 57 personas por dos misiles cuando intentaban escapar, el pasado 8 de abril , todavía quedan señales de la explosión en el suelo. Al otro lado de la plaza, el restaurante Celentano está cerrado. «Trabajaba allí como camarero, ahora llevo a los reporteros al frente», explica Sergey.

En el puesto de control de entrada al pueblo, un soldado pregunta hacia dónde nos dirigimos. «Bienvenido a Kramatorsk, esto ya es primera línea, ¿no lo saben?», bromea. Para los rusos , el camino a Kramatorsk aún es largo, pero «si sigue así, estarán aquí en dos semanas», pronostica Sergey. «Quiero ir a Lugansk, del lado ruso».

Una mujer de unos 70 años se acerca al coche. Pide que bajemos la ventanilla. Ella muy nerviosa. «¿Por qué quieres ir al otro lado, estás loca, abuela?», pregunta Sergey. «No me importa si son rusos o ucranianos. Aquí me muero de hambre».

Kramatorsk, ciudad fantasma, con todas las tiendas cerradas pero con los trabajadores municipales podando los árboles «para que al menos tengan algo que hacer», dice Alexander Ivanov, voluntario de Tato hub, una ONG que distribuye ayuda. Kramatorsk acoge a los últimos huidos de Severendonetsk, la nueva Mariupol, a la que los rusos aprietan la soga.

«Estoy preocupado por Tiopa, ya casi no come». Anatoli Alexandrovic abraza a su gato atigrado. Tiene 75 años, ha llegado esta mañana y ahora está a punto de subir al autobús que lo llevará a Dnipro. «Tuve que irme o Tiopa no habría sobrevivido. Ha sido mi compañero los últimos 16 años, desde que murió mi esposa».

Con él viajarán Tatiana y Svetlana, que se apoyan mutuamente. Ancianas, solas, asustadas. «No tenemos un hogar donde quedarnos. Nos quedamos incluso después de 2015. Siempre hemos resistido. Pero ya no. Esto ya es demasiado».