Las universidades «nómadas» del Donbás

Las universidades «nómadas» del Donbás
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JAVIER ESPINOSA

Enviado especial


@javierespinosa2

Dnipro

Actualizado Miércoles,
25
mayo
2022

22:39

Directo Guerra en Ucrania, últimas noticias Guerra en Ucrania Entre el colapso y el agotamiento: cuatro escenarios para la guerra de Ucrania

La Universidad del Este de Ucrania fue instituida en 1920, y entre sus muchas «especialidades» figura una que resulta difícil de imaginar en los currículums de otras instituciones europeas: su cuasi condición «nómada», que le ha llevado a ser evacuada en varias ocasiones ante la proximidad de los conflictos.

Fue lo que le ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las autoridades soviéticas decidieron trasladarla a Siberia. Le volvió a pasar en 2015, cuando su dirección pasó a instalarse en Severodonetsk después de que las fuerzas separatistas apoyadas por Rusia tomaran el control de Lugansk, en el este del país. La ofensiva sobre Severodonetsk, que ya casi se encuentra cercada por las tropas rusas, la ha obligado a buscar una enésima localización: la ciudad de Dnipro.

La coyuntura que enfrenta la citada institución lectiva ni siquiera es inédita. Los casos de organismos educativos del Donbás -y con ellos los de miles de alumnos y profesores- que han tenido que recolocarse son legión. La Universidad Estatal de Asuntos Internos de Donetsk lleva otros cuatro traslados desde 2014, según ha reconocido recientemente su rector, Serhiy Vitvitsky. De Donetsk -otra ciudad que quedó bajo control separatista- se mudaron a Kryvyi Rih. Después eligieron Mariupol. En febrero tuvieron que retornar a Kryvyi Rih y en las últimas semanas han instalado varias de sus facultades en Kropyvnytskyi, en el centro de Ucrania.

«La guerra es un desastre para todos los ucranianos pero tengo que dar las gracias a las autoridades y miembros de la comunidad lectiva de tantas ciudades que han recibido a nuestros profesores y alumnos. El objetivo es preservar el potencial científico de Lugansk. Los jóvenes podrán seguir estudiando y esperamos que muy pronto regresen a su tierra», señaló hace algunas semanas la máxima autoridad civil de Lugansk, Sergei Gaidai.

Según relata Okovytyy Sergiy Ivanovich, rector de la Universidad Oles Honchar de Dnipro, tan pronto como recibió una llamada de su contraparte de Lugansk en marzo, habilitó un espacio en el ingente complejo que ocupa su institución en la ciudad ucraniana para permitir que se instalaran aquí «unas 300 personas, en su mayoría profesores y sus familiares». A los pocos días hizo lo mismo tras el requerimiento que recibió de la Universidad Pedagógica del Donbás, instalada en la villa de Slavyansk.

En cualquier otra parte de Europa, un personaje como Ivanovich mostraría al visitante su colección de libros científicos -el estudió química- pero aquí el máximo responsable de la Oles Honchar guarda cerca de su mesa los restos de uno de los misiles rusos que han caído en Dnipro.

El curioso «mobiliario» forma parte de las nuevas y atribuladas circunstancias con las que tienen que lidiar los ucranianos y en especial los nativos del Donbás, que, como la propia Yana Bilous, inciden en que en la última década han tenido que lidiar con «dos guerras» y sus consecuencias.

«Yo he sido desplazada dos veces», precisa la profesora de ingeniería de 35 años de la Universidad del Este de Ucrania, como carta de presentación. Aquel fatídico año, 2014, Yana y su marido permanecieron en Lugansk hasta noviembre, cuando la intensidad de los bombardeos les forzó a abandonar el lugar. «Un fragmento de obús cayó en la casa de al lado», rememora.

Aquel inicio del conflicto generó una profunda grieta a nivel social en toda la región, que se propagó a la misma Universidad del Este de Ucrania, que ahora tiene dos sedes: la oficial, que ha terminado en Dnipro y la que regenta la administración prorrusa de Lugansk.

«La mitad de los alumnos se quedó en Lugansk y la mitad se vino a Severodonestk», afirma la enseñante. Conscientes del pasado, Yana y su esposo huyeron de Severodonestk el mismo día que los rusos lanzaron la última arremetida en febrero. «Teníamos la experiencia de 2014 y anticipábamos lo que iba a pasar», relata.

Sofía Marchenko, coordinadora de una ONG local de Dnipro especializada en la atención a los desplazados, es, precisamente, la única característica en cierta manera «positiva» que se puede extraer de los que ya han visto como su mundo se derrumbaba en una ocasión. «Para los dobles desplazados es mucho más fácil hacer la maleta otra vez», opina.

Siguiendo las indicaciones del Ministerio de Educación ucraniano, el departamento de Bilous reactivó las clases online en abril y ahora enseña a 40 alumnos -algunos de ellos repartidos por toda la geografía ucraniana o que residen, incluso, en el extranjero-, aunque admite que el conflicto ha afectado a la concentración de los estudiantes. «Solo se conecta de forma habitual la mitad», puntualiza.

Crónicas desde el frente

Yana comparte destino con Ivanchuk Volodgmir, que, a sus 33 años, ya ocupa el cargo de vicedirector de la Universidad Pedagógica del Donbás. Su ciudad, Slavyansk, fue uno de los epicentros de los combates de 2014. La sede de su departamento terminó en Bajmut, otra localidad que se encuentra sometida en esta ocasión al asalto de la artillería rusa.

«Es todo un poco caótico. Tenemos estudiantes en Polonia y en muchas partes del oeste de Ucrania. No se cómo van a salir los exámenes de junio. Tendremos que ser un poco más flexibles», apunta.

El periplo de la Universidad del Este y la Pedagógica del Donbás forma parte de la historia de esta nación, que más parece un compendio de tragedias que se acumulan en estratos. Una sobre la otra. Los 6,5 millones de refugiados y los más de 8 millones de desplazados que ha generado la última invasión se suman a los que ya nutrían las estadísticas desde 2014.

La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados estimaba que Ucrania tenía 1,6 millones de desplazados antes del 24 de febrero, 854.000 de ellos en los territorios que controla Kiev.

La primera parte del conflicto en 2014 y 2015 provocó la huida de cientos de miles hacia Jarkov, que, junto a los territorios de Donetsk y Lugansk, todavía en manos del gobierno, se convirtieron en los principales destinos de los escapados.

Larisa Babiy, de 64 años, es una de esas personas que llevan años intentando huir de una guerra que irremediablemente vuelve a atraparlas. Reside desde 2017 en el campo de casas prefabricadas que se erigió en un barrio de Jarkov para los desplazados del Donbás. Recibió el nombre de «Esperanza». Casi un sarcasmo, dadas las presentes circunstancias.

Nativa de la ciudad de Donetsk, capturada por los paramilitares prorrusos, Larisa escapó primero a la costa del Mar de Azov -no lejos de Mariupol– y cuando el conflicto de 2014 y 2015 se extendió a esa región, terminó recalando en Jarkov.

Ahora malvive en un diminuto habitáculo en la Habitación Nº 1 de este complejo, que llegó a tener hasta 300 residentes cuando se inauguró en 2015. Con el paso del tiempo, esa cifra bajó hasta el centenar que vivían aquí antes de febrero.

«Jarkov estaba lleno de gente del Donbás. Después, algunos regresaron a sus casas pensando que la situación estaba más tranquila», explica Andrei Golubtsov, de 43 años, un desplazado que proviene de Lugansk.

Durante los peores días de los bombardeos que sacudían a Jarkov, Larisa y su hija de 26 años pasaban la noche en el refugio de una cercana estación de autobuses. La metralla llegó a alcanzar algunos de los cubículos del recinto.

«El aeropuerto está muy cerca y durante los primeros días (de la invasión) terminó en llamas», recuerda la fémina. «Para ser honesta, me gustaría marcharme a Alemania. Estoy harta de tanta guerra«, agrega la señora.

La situación de estos desplazados es especialmente compleja ya que muchos mantienen lazos familiares y, quizás, ideológicos con los territorios ocupados. El padre de Marina Kirbaba, de 42 años, vive en la población de Donetsk, y ella defiende que Occidente está usando a Ucrania como «campo de batalla». «Es una guerra entre EEUU y Rusia, pero aquí. Y no me extrañaría que terminara siendo la Tercera Guerra Mundial», argumenta. «Yo me he peleado ya con la mitad de mi familia. Son separatistas», reconoce por su parte la profesora Bilous.

El desplazamiento de instituciones y personas se inscribe en el radical proceso que ha provocado esta guerra en el país, que ha trastocado completamente todas los estamentos del país. Los cambios se han extendido, asimismo, a las propias empresas, que han abandonado por cientos el este del país. Según Iryna Zhuravlyova, una de las responsables de este cometido en Dnipro, al menos 510 firmas de todo tipo han tenido que reubicarse a otras regiones y la mitad de ellas ya han vuelto a retomar sus negocios.

Incluso para los que ya atesoran una cierta «experiencia» en estos menesteres, el conflicto dejará una marca indeleble en su vida. «El otro día lo hablaba con mi marido: la guerra se ha tragado los mejores años de nuestra vida», asume Yana con cierto tono de resignación.