Diecinueve años de la muerte del periodista de El MUNDO Julio Anguita, que falleció en Irak, en otra guerra innecesaria

Diecinueve años de la muerte del periodista de El MUNDO Julio Anguita, que falleció en Irak, en otra guerra innecesaria

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Fue otra guerra brutal, absurda e innecesaria. El mundo entero tembló el 20 de marzo del 2003 bajo los efectos de la operación «Conmoción y Espanto» con la que el presidente Bush anunció la invasión de Irak. Los relojes se pararon 18 días después a las puertas de Bagdad, cuando un misil golpeó el campamento de la Tercera División de Infantería y acabó con las vidas de nuestro compañero Julio Anguita Parrado y del reportero de la revista Focus Christian Liebig, que viajaban «empotrados» en sus filas.

Estaban a punto de cruzar la línea de meta, después de una larga y accidentada travesía desde Kuwait. Julio estuvo en el batallón de rescate médico y llegó a ver la guerra en toda su crudeza, como dejó constancia en sus escalofriantes crónicas en EL MUNDO. Aún en las situaciones más extremas, entre heridos y mutilados, con explosiones en la lejanía y bajo las tormentas de arena, fue capaz de transmitir su amor por la vida a todos los que pudimos hablar con él los últimos días.

En su penúltima crónica -«A la caza del «pepino»»- narraba con su ironía natural el «cambio de chaqueta» de los militantes del partido Baaz de Sadam cuando veían llegar con sus tanques a los americanos: «¿Armas? Jamás señor. No militares por aquí. Solo verdura» (y como muestra de gentileza local, dos kilos de jugosos pepinos verdes para los soldados que venían a «liberarles»).

Su última crónica, releída a cabo de 19 años, tiene una resonancia especial por el paralelismo entre lo que ocurrió en Bagdad y lo que pudo pasar en Kiev: «Los comandantes buscan un desenlace rápido porque no quieren transformar la situación en un asedio a la usanza medieval: matando a la población de hambre».Mariupol se hermana con Mosul, Basora con Bucha, Járkov con Faluya en este trágico cruce de guerras cada vez más atroces, como si la barbarie se hubiera tomado su revancha en pleno siglo XXI.

«La confianza en que la caída de Bagdad puede ser cuestión de horas se ha disparado tras el empujón dado por los Infantes de Marina», escribió Julio, que vaticinó lo que iba a ocurrir pero no llegó a contarlo. Tenía 32 años y toda una vida por delante. Se había probado a sí mismo, como persona y como periodista, en una situación límite. Y lo había hecho por convicción moral, «porque alguien tenía que contarlo», pese a su rechazo personal a esa guerra, compartido por sus padres Antonia y Julio, que sufrieron lo indecible al verle partir y no pudieron ni siquiera despedir a su hijo.

Julio conoció la antesala del infierno, pero poco podía imaginar que aquella invasión aparentemente «triunfal» acabaría en una guerra mortífera que llegó a cobrarse entre 150.000 y un millón de vidas, que allanaría el terreno al Estado Islámico y pasaría a la historia por episodios sangrantes como las torturas de Abu Ghraib o el asesinato de dos periodistas desde un helicóptero Apache, como vimos en el vídeo «Collateral Murder» de WikiLeaks.

Más de 190 periodistas han muerto desde entonces en Irak, asesinados, en fuegos cruzados o en «misiones» peligrosas. Julio fue uno de los primeros, en un incidente no del todo aclarado (supuestamente un misil tierra-tierra del ejército iraquí). Horas después, el cámara José Couso murió en el hotel Palestine de Bagdad, por los disparos de un tanque norteamericano que se cobró también la vida del cámara de Reuters Taras Prostyuk, ucraniano para más señas.

Al menos 12 periodistas han perdido la vida y otros 10 han resultado heridos en la guerra de Ucrania, según informó la fiscal-general Iryna Venediktova. «Revelar la verdad sobre la agresión de Putin es cada vez más arriesgado y peligroso», certificó Venediktova. El último en engrosar la trágica lista fue el documentalista Maks Levin, desaparecido el 13 de marzo y encontrado muerto el 1 de abril en Huta-Mezhyhirska, en la región de Kiev. Recibió dos impactos de bala de soldados rusos, pese a llevar un chaleco donde ponía «Prensa». Otro periodista ucraniano, Oleksii Chernyshov, desapareció con él y aún no ha sido encontrado.

Brent Renaud, otro documentalista de 51 años que trabajó para el New York Times, murió también al ser disparado por la espalda cuando circulaba con su coche en Irpin. La periodista rusa Oksana Baulina, que trabajaba para el portal de periodismo de investigación The Insider y que tuvo que abandonar su país por sus conexiones con el disidente Alexei Navalny, murió también bajo la apabullante descarga de la artillería en un bloque residencial en Podil.

Desde las guerras de Chechenia, Rusia ha demostrado un total desprecio por las vidas de los civiles y de los periodistas. De las aberraciones en Chechenia daba constancia Ricardo Ortega, el periodista de Antena 3 que formó también parte de la tribu de corresponsales en Nueva York y que murió un año después que nuestro querido Julio Anguita Parrado en Haití, por herida de bala en el intento de golpe de estado del 7 de marzo del 2004.

Antes, el 19 de noviembre del 2001, en un emboscada de los talibanes en Afganistán, perdimos a nuestro añorado Julio Fuentes, periodista de raza que buscaba siempre la dimensión humana en las guerras. A diferencia de su tocayo, Julio Anguita Parrado no era un reportero de guerra a la vieja usanza, sino un periodista todoterreno que se curtió en todos los frentes posibles y que se asomó como nunca al lado trágico de la vida durante los atentados del 11-S.

Sus raíces estuvieron siempre en Córdoba, pero sus sueños se forjaron a la sombra de los rascacielos, donde Mercedes, Idoya, Stefano, Ana, Isabel, Olalla y toda su «familia extendida» pensarán especialmente en él tal día como hoy. Nevaba en Nueva York, hace 19 años, como nevaba en Kiev cuando arrancó esta otra guerra aberrante que seguirá necesitando de periodistas que lo cuenten.