Después del verano (y ahora)

Después del verano (y ahora)

Hay mucha incertidumbre acerca de lo que puede venir después del verano, aunque no debería haberla acerca de la orientación de la política económica actual. No se pueden repetir los errores del pasado cargando el ajuste sobre los más vulnerables propiciando una implosión social. Hay que celebrar que se estén adoptando medidas para proteger a los ciudadanos. Las medidas destinadas a paliar o compensar los efectos de la inflación sobre los ciudadanos son distintas de las destinadas a reducir la inflación. Es más, determinadas propuestas para compensar los efectos de la inflación sobre el poder adquisitivo de los salarios, como bajar impuestos, pueden ser inflacionarias y acabar reforzando el hachazo monetario que más pronto o más tarde llegará, aunque las principales causas de la inflación sean externas: restricciones globales de oferta y subidas de precios de materias primas y energía. La prioridad hoy es mantener los equilibrios macroeconómicos para garantizar el crecimiento económico y controlar la deuda, y poder hacer frente a nuevos shocks externos y subidas de tipos y, evitar, o minimizar, dolorosos ajustes fiscales a medio plazo. Lo fiscalmente prudente hoy es aprovechar la inflación para aumentar ingresos y controlar el déficit público.

En cualquier caso, después del verano habrá que tomar decisiones de política económica difíciles para hacer frente al shock energético que viene, tanto más fuerte donde mayor es la dependencia del gas ruso, sin repetir errores que hipotequen el futuro o que contribuyan a generar recuperaciones insostenibles.

Antes de la invasión de Ucrania era perceptible el desacople de la economía española respecto a la europea, traducido en un menor crecimiento consecuencia de errores previos limitantes de nuestra capacidad de respuesta. La política económica aplicada hace 10 años explica nuestras debilidades actuales.

La burbuja inmobiliaria de 1993-2008 lastró la inversión en capital de otro tipo -industrial, tecnológico y humano, I+D+i-. La explosión de la burbuja y el colapso de un sistema financiero harto de suelo y promociones fallidas multiplicó la deuda pública española porque los ciudadanos rescatamos a esas entidades para evitar males mayores. Esa deuda arrastrada desde entonces es la principal causa de nuestro menor margen fiscal para resistir el embiste de la pandemia, primero, y el de la invasión de Ucrania después, agravado por la crisis de desabastecimiento y los «cuellos de botella» en la cadena de suministros global. Esa deuda es hoy nuestra principal vulnerabilidad.

Con todo, la respuesta pública, radicalmente opuesta a la posterior a la quiebra de Lehman Brothers ha permitido responder solidariamente y con contundencia –NextGenerationEU, ICOs, ERTEs– aunque ni la capacidad de las empresas de absorción de esos fondos en un contexto de expectativas decrecientes, ni unas administraciones públicas jibarizadas, al borde del colapso y sobrepasadas por procedimientos burocráticos exigentes para evitar errores pasados -corrupción- han permitido desplegar todo su potencial.

Pues bien, no hay alternativa, y esa ventana de oportunidad de inversión y transformación estructural en una dimensión europea de autonomía estratégica, industrial y tecnológica es la única vía por la que podremos afrontar lo que viene. Sin duda va a haber que redefinir las prioridades de gasto, reorientar los fondos europeos e incluso crear nuevos instrumentos, y acelerar la transición energética.

¿Cómo? Reforzando la cooperación público-privada aprendiendo de los errores, modernizando nuestra administración y asumiendo que solo con políticas públicas efectivas y bien dotadas es posible garantizar buenas oportunidades para tod@, afrontar crisis inesperadas o shocks externos como el de la pandemia o la agresión rusa, y mejorar la cohesión social.

Las consecuencias no resueltas de la crisis financiera en combinación con lo sucedido desde 2020 hacen que los riesgos sociales actuales sean de consideración -desigualdad, rentas salariales amenazadas por la inflación, acceso a la vivienda, salud pública exhausta, experimentos populistas en educación que segregan socialmente, etc….-. Lo que las políticas públicas españolas necesitan es certidumbre y garantía de solvencia, y no propuestas alentadas por los aullidos populistas del momento que condicionen la recuperación económica, la igualdad de oportunidades, la cohesión social, y en definitiva el bienestar común presente y futuro.

Por eso sería un disparate volver a reducir la inversión, debilitar nuestra capacidad fiscal de respuesta y alentar la ineficacia de las políticas públicas o incluso arremeter contra los fondos europeos y un esquema eficaz de política económica en España mientras se los apoya en Bruselas. Esas políticas no solo no han salvado del covid, sino que son las que más contribuyen a reforzar el buen funcionamiento de los mercados y del sector privado.

Juan Moscoso del Prado es EsadeGeo Non-Resident Senior Fellow (Esade)