Controles de identidad y PCR diarias: así ha vuelto Pekín a principios de 2020

Controles de identidad y PCR diarias: así ha vuelto Pekín a principios de 2020

Al volver a casa después de hacer la protocolaria PCR diaria en el quiosco de prueba rápida que han montado en un parque, el vigilante de mi urbanización no me deja pasar porque necesito una tarjeta que demuestre que vivo en esa dirección. Resulta que hace dos fines de semana hubo seis nuevos casos de Covid en mi distrito de Pekín, Dongcheng, donde viven casi un millón de personas. El comité de barrio, que en ocasiones tiene más poder que la policía, ahora se ha puesto nervioso y ha decidido imponer nuevas restricciones para acceder a las viviendas.

El vigilante dice que tengo que ir a un improvisado puesto callejero a pocos metros donde están expidiendo las tarjetas a los residentes. La política no es nueva. A principios de 2020, cuando el coronavirus comenzaba a propagarse por el mundo, en Pekín exigieron a cada comunidad que entregara a los residentes una especie de carnet para poder pasar a sus viviendas. Así evitaban que se colaran desconocidos y controlaban en todo momento quién entraba y salía de las urbanizaciones. En la capital de China no hay edificios a pie de calle, sino que están dentro de los llamados compound. Por ello es más fácil ejecutar esa vigilancia.

Después de dos horas aguardando una fila para conseguir la nueva tarjeta -muchos otros vecinos tampoco se habían enterado de la nueva normativa-, la señora que la facilita me exige además de mi contrato de alquiler y una foto de carnet con fondo azul. Argumenta que es necesaria porque hay mucha gente que quiere hacer copias de la tarjeta y repartirla entre familiares y amigos para que puedan visitarlos. No le falta razón. Hace dos años, cuando estos carnets no estaban personalizados con foto, se celebraron algunas buenas fiestas en casas, sobre todo de extranjeros, y para poder ir el anfitrión repartía los carnets como flyers de discoteca.

Control de carnet de residente a la entrada de la urbanización.L. D. C.

Sin foto no hay tarjeta. Y tampoco tengo el contrato de alquiler a mano porque está en mi casa y el vigilante no me deja entrar. Menos mal que en la puerta de la urbanización la señora que está tomando la temperatura con un termómetro infrarrojo, es la misma que tiene montada una peluquería clandestina en un cobertizo del sótano y me ha cortado el pelo más de una vez. Ella intercede con el vigilante para que me deje pasar con el compromiso de que al día siguiente llevaré toda la documentación requerida para que me entreguen la tarjeta.

La peluquera es una abuela de 86 años que siempre lleva el característico brazalete rojo popular entre los trabajadores públicos afiliados al Partido Comunista Chino (PCCh). Ella es una de las muchas voluntarias de Dongcheng que ayudan a administrar sus vecindarios recogiendo la basura, guiando a los que están perdidos y, sobre todo, vigilando. Una marea de señoras mayores que forman parte del tejido social cotidiano de la capital.

Para saber más

La Mirada del Corresponsal.
Redacción:
LUCAS DE LA CAL
(Corresponsal)Pekín

Covid cero, la cárcel de la que China no puede salir

Según los últimos datos reportados por los medios locales, en 2017 había más de 850.000 voluntarios en la ciudad. A estas vigilantes les han atribuido detenciones que hicieron mucho ruido como la de Jaycee Chan, hijo del actor Jackie Chan. Fue arrestado en 2014 por fumar marihuana en su casa de Pekín. El año pasado, las señoras descubrieron que un reconocido pianista llamado Li Yundi había estado contratando los servicios de una prostituta dos noches a la semana. Pasaron semanas siguiendo los movimientos de Li, que acabó detenido por una falta administrativa, que permite a las autoridades encerrar a los arrestados hasta 15 días.

Con el nuevo brote de Pekín, que aparentemente ya está controlado (el lunes hubo solo 14 nuevos positivos), estas voluntarias son las que se encargan de que en cada comunidad se respeten las cuarentenas o que todos los vecinos escaneen el código de salud al entrar, como también se hace en los supermercados y en las pocas tiendas que siguen abiertas.

Pekín, hogar de más de 21 millones de personas, ha reportado menos de 1.500 casos desde el 22 de abril. Este lunes comenzó su quinta semana de bloqueo sigiloso, aunque las autoridades locales han anunciado que al fin van a comenzar a relajar algunas restricciones. No hay un confinamiento estricto como en Shanghai, donde los residentes del centro financiero de China han pasado dos meses encerrados en casa.

Los vecinos de la capital política pueden salir a la calle, pero no hay mucho que hacer porque muchas tiendas están cerradas, al igual que unas pocas estaciones de metro, algunas oficinas del distrito financiero y los restaurantes solo sirven a domicilio. Hace unos días incluso sellaron algunos parques porque los chinos mataban el tiempo con largos picnics y por las noches los expatriados organizaron algún que otro botellón.

En la puerta de mi urbanización, además de la abuela peluquera que toma la temperatura y del vigilante que no deja entrar a nadie que no lleve la nueva tarjeta de residente, hay muchos paquetes y bolsas que se amontonan en una esquina. Como los repartidores no pueden subir hasta las casas, tienen que dejar los pedidos en la puerta y avisar al dueño de que baje a por ellos. La abuela me indica que mañana por la tarde van a venir los funcionarios fumigadores -cazafantasmas los llaman aquí- para rociar con sus mangueras toda la urbanización.

– ¿Algún vecino ha dado positivo?

-No, el caso más cercano ha sido en un bloque de viviendas que está a diez minutos de aquí.

Así es la vida en mayo de 2022 en la capital del país que sigue viviendo en 2020.