Christophidou, directora general de Educación de la CE: «Cada euro invertido en educación tiene el mayor y más sostenible retorno sobre la inversión»

Christophidou, directora general de Educación de la CE: «Cada euro invertido en educación tiene el mayor y más sostenible retorno sobre la inversión»

Las problemáticas del sistema educativo español son amplias y complejas, pero no faltan recetas para enfrentarlas. Formación permanente del alumnado y profesorado, interlocución entre los sistemas europeos, codocencia educativa o una mejor financiación y control del sistema concertado, son algunas de las que se han debatido en el Foro «La educación, en primera línea». Una apuesta que está en el centro de la estrategia de recuperación europea, en la que, como ha apuntado Themis Christophidou, directora general de Educación, Juventud, Deporte y Cultura de la Comisión Europea (CE), «cada euro invertido tiene el mayor y más sostenible retorno sobre la inversión».

Con este foro se ha puesto punto y final al Ciclo Europa Verde y Digital iniciado por EL MUNDO con el patrocinio del Banco Santander en primavera de este año. Durante nueve meses expertos, políticos y empresarios de la talla de Julian Gerrier, director de planificación y programación del Horizonte Europeo de la CE, Cristina Lobillo, directora de Política Energética de la Comisión, Kerstin Jornan, directora general de Mercado interior, Industria, Emprendimiento y Pymes de la CE se han dado encuentro para debatir sobre sostenibilidad, energía e innovación.

En esta ocasión han participado, además de Christophidou, Mariano Fernández-Enguita, catedrático de sociología y ex director del Instituto Nacional de Administración Pública (INAP), Carmen Pellicer, presidenta de la Fundación Trilema, Antonio Marina, filósofo, escritor y pedagogo y Rosa Visiedo, rectora del CEU San Pablo. La mediación de la discusión corrió a cargo de Olga R. Sanmartín, periodista especialista en educación de EL MUNDO. Alejandro Tiana, secretario de Estado de Educación del Ministerio de Educación y Formación Profesional fue el encargado de clausurar un foro que giró en torno a la modernización de la escuela y de su profesorado, los retos de la digitalización y el papel de la escuela pública y concertada en el futuro de la educación española.

Como casi todo desde marzo del 2020, el debate se enmarcó en los nuevos límites y oportunidades que la pandemia -también- ha generado en el contexto educativo. En este sentido, Christophidou felicitó a España por «dedicar gran parte de su plan de recuperación a la modernización de la educación obligatoria, superior, ciclos formativos y sistemas de prácticas». También ha calificado como «admirable» el hecho de que el plan español «se centre en niños con un riesgo elevado de sufrir pobreza o exclusión social». Pero a pesar de las victorias, ha recordado que «uno de cada cinco jóvenes en la UE tienen dificultades con la lectura básica, matemáticas o ciencias». Una problemática que Bruselas piensa enfrentar mediante una iniciativa llamada «Caminos hacia el éxito escolar» que invita a los estados miembros a colaborar en el desarrollo de «directrices que aborden el bajo rendimiento y el abandono escolar, con especial atención a los estudiantes menos favorecidos».

En cambio, esta solución se convierte en una suerte de parche cuando es analizada por expertos como José Antonio Marina. «Pensar que el sistema educativo tiene la solución dentro del propio sistema educativo es de una miopía tremenda. La escuela no tiene la capacidad suficiente para resolver los problemas educativos, ni siquiera de la etapa educativa», ha aseverado. Una muestra de ello es la repetición del curso escolar, una herramienta que bajo su criterio «nunca ha servido para nada» y cuya concepción es esencialmente errónea, ya que desvía del foco de atención que «la función de los profesores no es enseñar a los alumnos, sino que los alumnos aprendan».

En la versión española de los problemas asociados a la educación, se incluye también la disfunción entre mundo laboral y educativo. «Durante mucho tiempo hemos escuchado poco a las empresas», diagnostica la rectora del CEU, que invita a la creación de un «verdadero ecosistema entre universidades y empresas» en el que «seamos capaces de ofrecer a las empresas a los profesionales que necesitan y a esos profesionales los estudios que van a prepararlos». Lo que, en palabras de Marina, supondría un «pacto educativo a todos los niveles, incluyendo a la empresa» y suponiendo «una planificación como sociedad mucho más amplia», ya que «las sociedades aprenden enteras como sociedades o no aprenden».

De esta idea se detrae el concepto de que es deseable que los sistemas educativos formales, en tanto que engranajes sociales, deben moverse de forma acompasada con su entorno para alcanzar los estándares de calidad fijados por los expertos. En cambio, la realidad se escenifica más bien como un baile desacompasado en el que el sistema educativo trata de seguirle el ritmo, torpemente, a un entorno en constante transformación.

«Nuestros sistemas educativos son una especie de corsé que cambian muy despacio», analizó Carmen Pellicer, quien demandó una mayor «autonomía, flexibilidad e inteligencia para poder organizar y responder a esa educación vital fundamental para que los alumnos sean buenos profesionales, felices y éticamente comprometidas con la transformación de un mundo mejor».

Dicha autonomía debe materializarse en la organización escolar, según aportó el secretario de Estado de Educación, Alejandro Tiana. Es decir, «autonomía para poder organizarse y buscar modos de organización adecuados para alcanzar aquello que quieren conseguir».

En cambio, la percepción de los educadores es que la formación que se le ofrece a los estudiantes puede quedar «obsoleta incluso antes de que acaben la carrera», advirtió Rosa Visiedo. Es necesario, entonces, «romper la brecha» que existe entre la etapa de formación y profesional. Esta línea converge con la estrategia europea, que es consciente de que «la juventud necesitará nuevas competencias y habilidades para contribuir a una transformación digital verde», detalló Christophidou. De este modo, la respuesta del sector fue unánime: «el aprendizaje permanente debe convertirse en una realidad».

La modernización de los sistemas educativos exigen también una transformación de la forma de trabajo del profesorado. Para Bruselas, la clave de esta transformación reside en el diálogo entre los diferentes modelos educativos de los estados miembros europeos. Un camino que, según ha especificado la directora general de Educación de la CE, pasa por el anuncio de «una nueva estrategia de universidades centrada en reforzar la cooperación tradicional apoyándose en el éxito de las alianzas de las universidades europeas». Pero también por la creación de Academias de profesores Erasmus+, que permitan «poner en contacto los centros de formación docente» y ofrecer «la mejor formación tanto al inicio de la carrera como durante la vida profesional».

Esta propuesta supone una oportunidad de superar el «individualismo» en el que trabajan los docentes españoles de forma práctica, codo con codo con otros entornos educativos. Pero es sólo una de las muchas vías de cooperación entre docentes. El catedrático de sociología destacó la «codocencia educativa» como una forma de trabajo que permita a los profesores «recibir feedback, integrarse con gente más experta y complementar las cualificaciones de docentes diferentes».

Desde la experiencia del CEU, donde están comenzando a implementar dicha estrategia, los resultados están siendo exitosos, aunque no están faltos de complejidad. Según Rosa Visiedo, en la práctica, esta estrategia permite «romper las barreras entre las distintas materias para que los profesores que imparten clase en un mismo curso trabajen en algunos momentos de forma colaborativa».

Como complemento, Pellicer aboga por la «profesionalización de los equipos directivos» mediante «un modelo de evaluación de desempeño profesional». Algo así como un «MIR previo a la oposición» que garantice esa formación práctica. Idea que el secretario de Estado de Educación puso en duda, al considerar que el MIR «no son unas prácticas al final de la carrera, sino una especialización que se hace en la práctica». De manera que el que acaba el MIR es un especialista, mientras que el sistema educativo funciona de forma diferente.

La evaluación y el seguimiento también debe aplicarse, según el propio Tiana, a las mismas las políticas educativas aplicadas por los gobiernos, «para saber qué efecto están produciendo». La responsabilidad de las administraciones no acaba ahí. «Debemos marcar objetivos y estrategias, fomentar y apoyar tareas y experiencias innovadoras que ya están siendo aplicadas por algunos centros».

En general, Tiana propuso identificar qué es lo que realmente tiene potencial de cambio en el sistema educativo y priorizarlo de forma paulatina. «No creo que podamos dar la vuelta a nuestro sistema educativo de un día para otro como si fuera un calcetín», sino mediante «cambios incrementales, mediante procesos sostenido y sostenibles».

No hay un debate que divida más al sector educativo que el futuro de la escuela pública y privada. Entendidos como modelos dicotómicos, supone un punto caliente en las políticas del gobierno de turno. Un enfrentamiento que Carmen Pellicer considera que «hay que pacificar» para salir «del bache de la mediocridad» y «alcanzar la excelencia».

Para ello cree necesario «respetar la historia» de la educación concertada, «que nació para llegar a donde no llegaba la educación estatal, con una vocación de servicio público y social». Precisamente en el origen del modelo español, concretamente en el incumplimiento de la ley de Conciertos, aprobada en 1985, sitúa José Antonio Marina las deficiencias de ambos sistemas. El filósofo critica que, en la práctica, se ha pervertido el sistema, con «una política de «no quiero mirar ahí», porque eso «permitía dar menos fondos a las escuelas por plazas educativas y en compensación no mirar si los alumnos tienen que pagar alguna contribución en forma de donaciones».

Para superar estos escollos, Fernández-Enguita propone dos líneas de intervención. Por un lado, «un poquito más de control estatal sobre el contenido y el reclutamiento del sector privado y concertado», ya que, reconoce, a pesar de que hay centros «muy sociales», otros «quieren ser burbujas de élite, y eso debe evitarse». Por otra parte, reclama «más responsabilidad personal y más trabajo en equipo» en el sector público.

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